En obras, vamos.
Aún resuenan las notas palpitantes
De la deletérea sinfonía de los trenes,
Todavía oigo los lamentos errantes
De aquellos cuyos sueños se hicieron breves.
Fue una mañana oscura de marzo,
Esclarecida por el fulgor de las bombas,
Obnubilada por el terror de la niebla,
Truncada por el dolor de la tierra
Teñida de terciopelo grana y negro
En alfombra de horror y de miedo.
No fue tanto el sufrir solvente
De los que en escasos instantes murieron
Como los llantos insonoros, certeros,
De los que ahora más temen la muerte
Que se llevó por delante a los suyos
En un día de ira creciente
Frente a los que usan la propia, cobardes,
Atentando contra los inocentes.
Aún se oye el indeleble trotar de los caballos
Desbocados por el pánico y el miedo
De almas truncadas, almas corriendo,
De almas fuera de sus cuerpos
Trepanados en la frialdad del suelo,
Encallados en llantos y lamentos;
Cuerpos latiendo de muerte,
Llorando en silencio su mala suerte,
Cantando elegías de ira ardiendo
En los “sin alma” que salen huyendo
Tras causar tanta tristeza y desvelo
En los que más han sufrido el daño
Que esta cacería ha tramado,
Y no son estos los que murieron
En breve instante de sopor y sueño,
Sino los que tras esta pesadilla
Ven en su vida vacua travesía
En la que avanzamos sin verlo de puntillas.
No pisamos tierra firme en este mundo
En el que hasta la propia vida es incierta,
Y sólo la muerte está abierta
Al infortunio de la trágica certeza,
Con el único azar de vislumbrar
Cuándo su mano negra hallará lugar
Para venir nuestros sueños a cortar,
Y destapar la deletérea realidad.
Fulgores de muerte colmados
Brotaron los odios y llantos callados
Del que ama la vida contra el hado
De la muerte que un mal día ha llegado
Al que no la ha pedido ni deseado.
Temores, sin sentirlo, ha gritado
A los cuatro vientos el que, llorando,
Cuidado guardaba de su terror guardado
Protegiendo el amor del desarrapado
Que ha atrapado la vida en vano,
Que ha acabado con sangre y labios
Que amor guardaban, y no guardaban,
Que amor mostraban sin demandarlo.
El jinete negro de la muerte aciaga
Aún persevera en la mustia calma
En que el dolor y la sombra del andén
Donde perdieron la vida unos pocos “in situ”,
Y murieron otros tantos corazones y almas,
Se hizo eternidad para las palabras
Brotando de mortales ya sin fe,
Muertos tras tanto haber creído
En lo bello de todo lo vivido,
En lo impensable del futuro aún presente,
En las lágrimas que derramaron ayer,
En el amargo delirio de la muerte.
Manera en que la lotería prenatal satisface la voluntad del hombre prolegómeno que quisiera ser Dios es de por vida, de la decisión que no perdona arrepentimientos ni pasos a medias que deshonren la tarea insuperablemente humana que le ha sido encomendada. Algunos cedieron los derechos de propiedad intelectual al Diablo para que éste les cediera su parte de infinito incantable, otros vendieron su alma a los caprichos de la perfección poética si prestar atención, habiéndola leído, a la letra pequeña, a saber, la muerte insatisfecha. De mis bazares no ha salido nada ni ha entrado tarea peligrosa alguna, más que la arritmia discordante de los versos espurios que pocas raíces tienen y razones menos.
Cadáveres no muertos salieron de mis labios cuando intenté movilizarlos para achicar algún lago creciente, ese que intentó ser navegado por un xampán excesivamente cargado de salitre, y así se ofreció mi mano a convertir su ociosidad en topo sin olfato y probar el imposible oficio de escribir. ¿Podré responder coherencia sin poner mis pies a los pies de la insatisfacción? ¿Saldrá el grito ahogado? ¿Saldrá sin tren que le lleve por las plataformas a la estación?
Acercaos, muerte, dolor, perecer.
Llenad con esos lamentos y truenos
las vacuas cuencas de mis ojos negros,
ante el mundo hostil, impasible, abiertos,
que miran pero no ven,
que prueban, mas ya no creen,
que lloran para apagar la sed
que causa la vana plenitud de mi alma;
ya arde fría la llama,
ya, mustia, mi vida acallada,
estalla el deseo en breve batalla,
proclama su triunfo el ejército del alba.
Calma de la mar huraña
que ante los peces se muestra tacaña,
brotando al anochecer
su cálido desvanecer,
fulgores heridos, rasgados de mañana;
causan su palidecer,
pergeñan su languidecer,
turban la vida de piscis de plata.
Mi vida cae como hojarasca
en un bosque de otoño malva
cuya luz se esconde entre retamas
huyendo de toda esperanza,
que emana al atardecer
muriendo por satisfacer
un anhelo que al fin aguarda
avivando la llama esmaltada
del que ansía volver a ver,
del que añora algo creer,
de aquel que se prohíbe querer
como quiso una vez,
cuando joven era la ráfaga
que el deseo en sus labios creaba.
Amor universal, rezaba la memoria
terrestre de un histórico personaje muerto,
a cincel vago en la piedra erguida que inmortalizaba
al recuerdo. Dos ideas que el que no es yo
repele y que se temen entre ellas; los que no son yo,
adoradores de un amor recto, sin ramales
ni buracos gamberros; se pierde
la función cuando se ama por mantener,
por corresponder o por evitar el odio
que más tarde o más temprano vendrá
a dar la luz sobre los cajones de las mentiras:
El amor ha de ser universal o no será,
o perecerá enterrado vivo en cualquier hoyo
oscuro, o desaparecerá con el primer
ojo inconformista.
El amor a todo,
el amor a nada, además, es rico en vida
y la vida la enriquece; el que ansía
de forma primitiva vivirá llantos
y las caricias de la persona amada, pero,
aquél que desenfunda sus manos enrojecidas
para tocarlo todo, para amar hasta el olor
más hediondo, para desear a una mujer
porque desea todas,
aquél sufrirá cien penas, habitará
cien países a la vez y leerá todos los libros
que se han escrito si conserva la piel
en carne viva y la resina por sobre la cabeza.
Me siento muy solo.
Muy siento solo me.
Siento solo muy me.
Me solo muy siento.
Solo siento me muy.
Muy solo me siento.
Búsquedas, por todas partes, encima de mi cabeza, dentro de la nevera, del congelador y dentro del microondas. La búsqueda que llora, la búsqueda que encuentra, la que se come a sí misma, la que renace de sí misma. Ayer buscaba yo a una solitaria, hoy olfateo cada diente blanco en los rostros bellos. Unos largos dedos se mueven frenéticamente y gritan al unísono “¡Por qué no me fue dado todo al yo nacer!”. Así, no estarían ahora cavando en la tierra yerta mi propia tumba, en la que yaceré para siempre con un ojo abierto y el otro cerrado. Hay un perro buscando un hueso semirroído y maloliente entre las flores frescas que descansan junto al nicho de una joven bella, de la espalda de ésta colgó toda su vida el amor romántico que la suicidó. Alguien, disfrazado de viudo, deposita un ramo en una tumba cualquiera esperando ser consuelo para otra pobre viuda, que no hay fronteras para la búsqueda del inefable amor. Una mujer casada con la muerte busca en el sepulcro una respuesta, la aprobación de un montón de huesos que en otro tiempo estuvieron sobre su piel tersa para penetrarla con demasiada fuerza. Busca la aprobación como quien escarba el polvo del desierto para encontrar la juventud que un día tuvo. Como yo, que busco desesperadamente un puto comentario para este blog huérfano. Si es que la búsqueda es sinónimo de carencia, me cago...
¡Se me escapan, se van rodando y resbalando
las palabras chillonas y marineras! La cancela
quedó abierta por los descuidos míos al abordar
sus bellezas y en empeñar las horas en su amarre
desgraciado; intentaba yo analizarlo
con mis ojos de bebé para no topar ningún camino
errante, y exigía la existencia de unos cabos
silenciosos que llegaran a cada letra
de cada palabra, que proclamaran la infinitud
de un techo violáceo vigilante de la incoherencia.
¡Pero nunca fue! La saliva de sobrante
se escurrió entre mis dedos y humedecióme
el lápiz sin darlo yo por desconocido,
¡que al final resultó ser lo que buscaba!
Y los misterios que se van, a otras cabezas,
regresan, lloran porque no gustó lo que apareció
por estos mundos de señales.
Los gemidos crípticos anunciaban un final,
lo cortejaban en su consumición hasta
que se apagó –muerte o vida- la luciérnaga
cegadora y la frente volvió con fuerza
a su maquinaria instintiva, que no es instinto,
sino razón.
Los ojos estupefacientes
se movían entornados, en un no sé qué
mecánico que rastreaba las respuestas
en mis pieles, son muchas; los labios
ya renegaban de los dientes, buscaron
labios o provocar querían
para sentirse la mujer amada, para romper
el hielo del excesivo ardor que empapó
las sábanas de un líquido hermafrodita.
“¿Qué veo en estos ojos, que me tira
de los cordeles que atan las fotografías?
Habrá sido un sueño, alguna noche
multicolor , en la que las corrientes submarinas
se guardaron tal sapiencia
que predijeron el futuro y las mentiras.”
Dejé de pensar,
los labios me hablaban
y mi pecho casi gozaba del momento
sin segundos que dan sesenta campanadas;
una mano temblorosa rechazó el aire
fresco y pidió refugio bajo mis dedos,
los dedos que no dejaban de hacerse
preguntas sobre un lápiz
y un cuaderno, dónde poner a ese
cuerpo de mármol sin que se confundiese
con las páginas blancas, qué decir
hasta que ese paisaje se transformara en recuerdos
de la memoria que se ansía sóla y salta
enloquecida por las barriadas de la imaginación.
Esa noche fui al rebujo de los bucles de un libro
de piel, a olvido del viejo lago apócrifo
y cegada la memoria por la esencia pura,
nueva y fuerte de un sexo desconocido,
extinto en el recuerdo antes de que éste
naciera, ajeno a las verdades ofensivas
pues era la palabra del sueño que pronto
los secretos desenredará y tallará a cincel
para dar la forma: el cuerpo de mármol.
Estas noches de hielo que calienta
y que el insomnio vacía de vida,
vigilada mi soledad –veterana en juventud-
por la cortina, el visillo y, quizá,
por una ventana que algún color
resiste. Esta antesala de las lecciones
oníricas que de vuelta no entenderé,
los recuerdos, allí, que se olvidan
del presente, aun estando en él.
Quisiera guardar, tocar los segundos,
clavarlos en las yemas, hundirlos más
de lo que ya se hunden sólos y estudiar
las sensaciones razonadas y los pensamientos
sentidos, que son todo lo que veo,
hasta que un alma aparezca empapada
y dé pies y cabeza a ciertos dolores.
Aquí yazgo en el gimnasio de la memoria,
busco los pliegues de los cordeles
de la memoria y los desato, dejando
caer las piedras y los muros,
saboreando los manchurrios de salitre
que aguantan, secos, en la madera desconchada
de un barco pesquero, allí
por las playas de Pontevedra.
Ahora miro a los visillos que se mueven
-su blancura ha sido matizada por el humo del tabaco-,
despertados por una ráfaga de calor liviano
que agita la estufa. ¿Qué salga, dicen?
¿A dónde? A Londres, sí. ¿Es memoria
esto ya? No, Londres es hoy, hasta que los años
lo cubran de hiedra
y musgo en forma de lupa deslumbrante,
mentirosa, hasta que las hojas de los castaños
que roban el cemento a los bordillos
se arremolinen a mi espalda para
alumbrar los árboles y las plantas matorrales.
El cuerpo nuevo que se presenta lleno
de grietas para mí, saliendo y entrando,
enseñando y escondiendo lo que algún
día alguien desgastó
y de lo que luego se cansó por fin.
Los vahos imitadores que se quedan atrapados
en las ventanas, alientos y suspiros
que son palabras demasiado reales
y puras para formarse en apócrifas
verdades, pensamientos gasificados por la pereza,
mentiras incorpóreas que se hacen agua,
las historias y recuerdos de la infancia
concupiscente convertidos en sudor que abona
los cuerpos y permanece a la espera
en los cristales. Las manos
que se buscan, separadas serán -¿ya?-
por el destino inmisericorde, e irán
durante la resaca a regresar
a lo pliegues de la memoria, a deshacerlos
para ver si hubo algo más
que barquitos de papel. ¿Irá la cama
estrecha a desembocar en el mar
de la frente? ¿Marchará con callaos
y arena en las entrañas, o será
el agua dulce que se perderá con la salitre?
Al menos, por un momento, el presente
se zafó del tiempo, y unas risas escolares
nacidas allí las oí sonar en mi garganta,
que hoy mis labios escudriñan.
Infinitas formas de escritura, de composiciones,
infinitas maneras para decir a la palabra
que vuela en círculos sobre nuestras cabezas sentidas,
para ver esas estrellas, el cielo, los infinitos
colores de mis ojos cuando las leo. Arrancados
los dibujos de algún paraje subterráneo, se ofrecen
con los tintes, unos, de un velero de salitre en manchas,
y algunos otros, de unas ondas que se forman en el lago
por las gotas lloviznales.
¿Y es el alma
la salitre que endurece al casco?¿Es el bucle
de la fuente al viento? ¿O es el alma que seduce
al pionero sólo por sus formas en el folio,
y cuando yo digo alma, digo yo sentimiento?
Mi palabra nace mojada –salada o dulce-,
de seguro, y los montos de secretos
a los que le vocifera son bermejos
y floridos, mas se recoge la mano
que arroja la semilla y horada y cierra
las telas anubarradas para que un sol
la dore, desencajando las espaldas
de la silla en donde recuesto mis dedos
cuando espero.
Ya se agotan las ignotas
hierbas que cubrían de musgo altivo
mi cerebro, va ya arribando el invierno,
y el verano ya, y el invierno, y el verano…, eterno,
sin que las hojas caigan bajo mis pies
desnudos y reverdezcan, de improviso,
cuando les dé la espalda.
Nunca que hubiera
duda devastadora pensé, que tire
y tire y arranque la lastimosa piel
para insensible y ciega costra descubrir.
Oh contradicción, hasta te opones tú
a ti, abriendo y cerrando la cancela,
regando y abrasando los caminos sin márgenes,
que el tiempo por las estrellas cortantes no pasea.
Una mano diestra
se recostó,
firme,
sobre mi hombro,
cuando yo no veía.
Luego empuñó mi espalda
con la siniestra
y empujó
con fuerza
impía, asomando
un pecho lampiño
y dejando la huella del ardor.
Mi cabeza se fue colmando de un líquido
que rezumaba angustia, sin darme yo
por entendido, cegado por un pañuelo
obsoleto ya, aunque aún no muerto.
Silencio al principio,
trastorno, desengaño paralizante,
que se fue tornando, ese gris de hierro
desértico, en un no sé qué de colores aceitunados
y pelirrojos; fueron desgarrando la tierra
unos brotes de palabra
solitaria y ofuscada, mendiga
de razones y respuestas, sin saber que aquello
venía de unas barriadas hasta ahora
no visitadas, ¡demasiados soles
hacían falta para tantas sombras! Aun así, fui descubriendo
luceros por entre las cajas vacías,
lucero a lucero, cada cual más
luminoso que el anterior,
y más lacerante. Ah, esas luces
que son lágrimas, estas manos
que las cogen, estos ojos que las buscan.
Y aquél que un día puso mi pechera
al frente, que troncó mi presente
en pasado, que sentó la memoria
sobre trono,
que llora cuando yo lloro, y sigue
llorando cuando río –de los dientes
sale sangre-, que adiestró mi mano
con los años, y sigue, y sigue;
aquél que se fue, su nombre nunca
díjole, ni enseñó atisbo de un pasado,
aunque bien lo busqué, si tenía
alguno. Desapareció con mi pudor.
La enfermedad me lleva,
la enfermedad me ahoga,
la enfermedad me hunde y me sosiega,
la enfermedad me adora,
la enfermedad me habla,
me odia,
la enfermedad sobrevive, siempre,
la enfermedad trajina con la suerte,
la enfermedad me estorba,
la enfermedad me abriga,
la enfermedad es la vida, es eterna,
la enfermedad es madre y es hija
y es madre y es hija y es madre
Creo que he descubierto la verdad del hombre. Increíble, ya lo sé, pero es imposible imaginar una realidad si ésta no ha sucedido ya antes. Sólo los genios son capaces de crear una realidad nacida de la inexistencia, y como de genio tengo poco, tendrán que creer que lo que les digo es la real verdad. Y lo que digo es que he descubierto la verdad del hombre. No mediante una poderosa razón que ataca a los obstáculos metafísicos para seguir adelante en su búsqueda de la verdad. No a razón de una técnica ordenada y metódica de pensamiento que avance mediante el sacrificio en su búsqueda de la verdad. Tampoco gracias a una sensibilidad hiperestésica que me permita percibir los más oscuros escondites, los más leves secretos o los más nimios baches en su búsqueda de la verdad.
En el inaccesible zulo de los sueños, en el escurridizo álbum de fotos de las vivencias oníricas, aquí es donde tengo escondida la verdad del hombre. Soñaba con un vaso de agua, azúcar en el café, un lápiz, ahora mismo no me acuerdo bien. Lo único que se me aparece claro, al tiempo que borroso, no olvidemos que estamos hablando de sueños, lo único que se me aparece suficientemente nítido es el recuerdo de que el vaso de agua no me quitaba la sed, por más que me desbordaba la boca y hacía correr los chorros por mi barbilla. También recuerdo que kilos y kilos de azúcar en una tacita de café no conseguían paliar el sabor amargo de aquella bebida castaña, y que un lápiz con la punta tan larga como mi nariz escribía letras en blanco sobre un folio albino, escondiendo las palabras para que sólo el lápiz supiera leerlas. Así que la verdad del hombre, mi verdad, es la búsqueda de la verdad. Aquél que busque la verdad, el que esté dispuesto a buscarla hasta que la encuentre, sin mentiras ni titubeos, aquél será el hombre que se halle en la verdad. Y la verdad, sin duda, desborda belleza por todos sus costados.